La educación superior a distancia después de la pandemia

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Antes de la pandemia del Coronavirus, la educación superior en Chile ya vivía una situación complicada, pero también de cambios; esto porque su entorno formativo es cada vez más dinámico y complejo. El sector de educación superior en Chile se caracteriza por un alto nivel de autonomía de las instituciones que lo componen, por una gran diversidad institucional, por un alto grado de participación de universidades privadas (no estatales), y porque sus instituciones de educación superior compiten por alumnos, recursos y prestigio, mientras que las políticas gubernamentales intervienen con el fin de regular la calidad, la sostenibilidad financiera de las instituciones, y otros aspectos de este mercado.

En Chile la educación superior se percibe como un mecanismo de ascenso socioeconómico, y por consiguiente las universidades tienen el desafío de mejorar los indicadores de ingreso a la educación superior, y con esto favorecer el desarrollo productivo del país y la disminución en las brechas de desigualdad. Con los años el sector universitario se ha vuelto más concentrado (con un menor número universidades, ya que algunas dejaron de participar en el sistema, y otras fueron absorbidas por otras instituciones educativas), existe gran dinamismo en la generación de la oferta de matrícula, un mayor equilibrio en la distribución territorial de la oferta, una actitud más emprendedora en las universidades, y una productividad científica comparativamente alta, en el caso de las universidades con áreas de investigación.

Frente a este escenario, se hace imperativo un cambio en los paradigmas en los cuales se sostiene la educación, como por ejemplo el de la presencialidad. Es así como algunas universidades han respondido a los cambios del entorno con la oferta de programas en modalidad no tradicional (distancia, semipresencial y e-learning), por cuanto reconocen que la educación superior se ha vuelto más competitiva, privatizada y segmentada, y que deben responder a los cambios en las regulaciones, a la existencia de un mercado de educación internacional en crecimiento, y a la presencia de una población estudiantil más heterogénea. Estas instituciones son sensibles a la ruptura de los paradigmas respecto de los procesos de enseñanza-aprendizaje, y admiten que estas alternativas educativas amplían las perspectivas de la propia universidad en cuanto a inversión, gasto y generación de recursos, gracias a los desarrollos educacionales derivados de los nuevos usos de las redes sociales.

Por lo tanto, asumiendo que la virtualidad llegó para quedarse, es necesario mejorar los procesos, formas y modelos educativos actuales; como también la manera en que estos se implementan. Esto es relevante, pero no sólo para las universidades, sino que para el país en su conjunto, puesto que estas nuevas modalidades de educación superior representan oportunidades de una mayor equidad, expectativas de movilidad social, y de disminución en las distancias de distribución de los ingresos. Asimismo, estas modalidades educativas permiten que los factores de espacio y tiempo, ocupación o nivel de los participantes no condicionen el proceso de enseñanza-aprendizaje, ya que favorecen el acceso al sistema de educación superior de nuevos tipos de estudiantes y una oportunidad para que las universidades diversifiquen su oferta académica; además, de que potencian cuestiones como la flexibilidad, comodidad, actualidad y personalización, con lo cual elevan su atractivo para los estudiantes y fomentan la eficiencia de los sistemas de aprendizaje, dando como resultado un proceso académico de calidad.

Sin embargo, si bien es cierto que en Chile existían universidades que ofrecían programas de estudios (especialmente a nivel de postgrado, diplomados, cursos y de continuidad de estudios) en formato online (a distancia), su desarrollo se experimentó como consecuencia de la pandemia sanitaria del COVID-19. Es así como la modalidad a distancia no presencial y vía online surgió en la educación superior de pregrado (y también de postgrado) como una solución de emergencia frente a la crisis sanitaria, ya que si bien, esta modalidad ya estaba presente en algunas asignaturas de pregrado y en formación de postgrados, la presencialidad era la regla general para la formación en educación superior en todas las carreras.

Como resultado, la pandemia sanitaria demostró que las formas de educar son variadas y flexibles, por cuanto se rompió con el esquema de que el encuentro entre un profesor y sus alumnos, presencialmente en una misma sala, era el único modo para aprender. Dado esto, la oferta de las instituciones de educación superior debe responder a los desafíos del entorno, y, por lo mismo, impartir programas que se apoyen en la tecnología, cumplan con los estándares de calidad y se ajusten a las necesidades de la sociedad y a las demandas del mercado laboral.

Por consiguiente, se hace imprescindible repensar el rol que cumplen los programas con jornada a distancia en nuestro sistema educativo, para que el aumento explosivo de la demanda de estos en el último tiempo no los termine por encasillar en una alternativa exclusiva a la no presencialidad. Esto es muy relevante para Chile, ya que es un país que ha respondido a los cambios en la economía global con un modelo de crecimiento basado en las exportaciones, lo cual hace que a su sistema de educación superior se le presenten varios desafíos, puesto que desde las empresas y la sociedad se demanda por profesionales con nuevas habilidades, competencias y destrezas.

Luis Araya Castillo
Decano, Facultad de Ingeniería y Empresa, Universidad Católica Silva Henríquez (UCSH)
PhD in Management Sciences, ESADE Business School
Doctor en Ciencias de la Gestión, Universidad Ramon Llull
Doctor en Empresa, Universidad de Barcelona

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